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Numero 29
Número 8
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De ríos y desiertos

Dr. Gustavo Appignanesi

Propongamos el siguiente ejercicio: Imaginemos parte de nuestra rutina, como por ejemplo, nuestro diario viaje al trabajo (o a cualquier otra parte). Imaginemos despedirnos de nuestra familia, saludar a los vecinos y encontrarnos con la gente en el camino. Puede ser un atiborrado subterráneo o autobús, o una viscosa caminata por calles llenas de sujetos apurados, mayormente grises, que corren tras la rutina con una urgencia que le resultaría envidiable a sus sueños e ilusiones. De todos modos, no voy a incitar a concentrarnos en los apretujones y descortesías de hombres, mujeres y niños, en egoísmos abriéndose camino en un mar de soledades. Imaginemos lo que nos parezca. O, más bien, recordemos como lo vivimos a diario.

Un ejercicio equivalente (permítaseme el abuso) consiste en imaginar por un instante un paisaje desértico. Y emprender la travesía de cruzarlo. ¿Qué paisaje vemos? ¿Es la fatigosa arena, guardiana del peso de los siglos?, ¿o el polvo que nubla las visiones?, ¿o el sol agobiante?, ¿o el viento?, ¿o el cielo diáfano, pintado de colores novedosos y brillantes? ¿Es hostilidad, temor, belleza, paz, soledad...? Si se me permite, existen algunas posibilidades para dicha travesía. Una es que lo crucemos como lo hace una ruta o carretera. La carretera une extremos pero separa del paisaje. Como la gente que transporta, parece huir del desierto. Pues la carretera ve el desierto. No se siente parte del paisaje, sino que lo siente polvoriento, hostil, muerto, ajeno. No se compromete con él sino que lo ignora, lo desprecia.

Otra posibilidad que me parece más interesante es que lo atravesemos como un río. El río no sólo surca el paisaje sino que se funde con él, y lo ayuda a transformarse. El río mitiga la aridez de la tierra (acarreando algas, tierra negra, limo). El río trae junglas, lagos, montañas, trae agua con reminiscencias del hielo. Trae vida y permite así la vida. De tal modo, ya no hay desierto y río, hay vergel. Tan es así que Heródoto decía que Egipto (una de las civilizaciones más antiguas, milenarias y ricas) es un don del Nilo, pues sin la presencia del río y sus crecidas Egipto no sería sino un desierto (no es casual que los albores de la historia hayan visto nacer las civilizaciones a orillas de grandes ríos).

Es interesante notar que el lugar que el río ve como un vergel es precisamente el mismo en donde la carretera veía un desierto. La belleza estaba allí esperándolo. Él la desnuda, la evidencia, la explicita. A su vez, el río toma nueva sustancia del paisaje, bebe nueva tierra, nuevas plantas. Se riega con el sudor del trabajo del aldeano, con sus penas, sueños e ilusiones. El río bebe sonrisas, lágrimas y caricias. Bebe la mirada tierna y comprensiva del anciano. Las tempestuosas caricias de los amantes que se bañan en su lecho. La desbordante alegría de los niños nadando en sus aguas. Pues el río se derrama en el paisaje. Da y toma de él. Se compromete. Él no toca desapasionadamente. Transforma a lo que toca y se transforma en dicho acto. Así río y entorno son uno. ¿Es acaso posible separarlos? Su compromiso es como el del silencio y los sonidos de las notas musicales en la sinfonía. Cada uno es mejor por la presencia del otro y ponen de manifiesto el hecho de que dar y recibir son la misma cosa. Pues, ¿quién da y quién recibe en la donación?, ¿qué diferencia hay entre dar y recibir?, ¿quién da a quién cuando lo que se da es inconmensurable?

Volviendo ahora al ejercicio de transitar el camino habitual en medio de la gente, quizá en el subterráneo o en la abarrotada acera. ¿Cómo vemos a nuestros semejantes? ¿Cómo la carretera o como el río? La mayoría parece sólo ver el desierto de los otros (vemos de ese modo hasta a los niños, sin siquiera ser capaces de emocionarnos y dialogar con su mirada ingenua, fresca e inquieta). El otro es, sino hostil, indiferente, ajeno. No nos damos cuenta de que cada sujeto gris que pasa a nuestro lado atesora una conmovedora naturaleza humana. Pues es inconmensurable. Y por tanto, irreductible, inasible desde lo conceptual. Cualquier imagen o idea que nos formemos de él empalidece por completo ante su intrínseca potencialidad, belleza y riqueza. Por más que él se empeñe en vivir, sentirse y mostrarse como un desierto y nosotros, en reconocerlo de tal modo en vez de vivenciarlo como un vergel (expertos en privilegiar el mudable traje de oruga al alma y destino de alas). ¿Es que no nos interesa ser para él lo que el río es al paisaje, ayudándolo a que descubra y permita florecer lo bueno y bello que anida en su interior? ¿Es que preferimos relacionarnos en la indiferencia, en la apatía, en el desamor? ¿Qué más que soledad, e incluso odio y dolor puede traernos esta forma de vincularnos?

El humilde ejercicio realizado anteriormente no es sino un pequeño llamado de atención sobre el modo en que vemos el mundo (el modo en que miramos dice más de nosotros mismos que de lo que vemos) y sobre la relevancia que tiene ello en nuestras vidas. Pues el mundo (nuestros semejantes, los árboles, los pájaros, todo lo que existe) es inconmensurable. Posee una enorme potencialidad y belleza que solemos ignorar. No nos puede dejar de sorprender y recompensar si logramos mirar tan sabiamente como para ser capaces de ver (no nos puede alcanzar la vida para comprender cuánta belleza cabe en una flor, en una gota de rocío, en una caricia o en una mirada, no nos puede alcanzar la vida para vislumbrar cuánta potencialidad alberga nuestra naturaleza humana). Y ante la consciencia de lo inconmensurable, nuestro modo de mirar se revoluciona por completo, pues no cabe otra actitud que la humildad, la libertad y la sensibilidad. No podemos sino entregarnos con apasionamiento y fervor al arte de ver. De tal modo, el reconocimiento de la inconmensurabilidad del mundo nos reclama como amantes. Pues ¿cómo no amar a lo inconmensurable? La belleza y la sabiduría están por todos lados si somos capaces de mirar como el río. Se explicitan, se evidencian en la comunión. Pues cuando el amante se hace uno con lo amado, se expone lo inherente, la inconmensurabilidad esencial, la substancia común que nos hermana. Sólo el amante incondicional se relaciona en la trascendencia, se compromete, se entrega y se dona como el río, siendo capaz de transformar al amado y de transformarse en la misma acción. Sólo el amante respeta la calidad de inconmensurable que vive en el amado, consciente de la inagotable riqueza que lo anima. Sólo el amante trasciende reducciones y subjetividades para penetrar a lo profundo. Pues sabe que la famosa ceguera del amor consiste en realidad en despreocuparse de lo externo, de lo mudable, para amar la esencia. Para ver entonces con más claridad, con mayor profundidad.

Así, dicha forma de relación con el mundo va mucho más allá de una propuesta estética, desnudando un inmenso valor operativo (hoy casi diría que terapéutico). Ella suscita naturalmente un sentido de compromiso, un sentido de pertenencia que empapa a todos nuestros actos y comportamientos, revolucionando por completo todos nuestros contactos con el mundo. Y, concentrándonos específicamente en las relaciones entre las personas, es capaz de mutar a la actual telaraña de egoísmos en que vivimos en una genuina red de interrelaciones profundas basadas en el amor y en el respeto. Pues, si mi semejante es inconmensurable (si somos conscientes de su maravillosa, conmovedora e inagotable riqueza), ¿cómo no amarlo?, ¿cómo no ejercitar con él la ternura, la solidaridad, la tolerancia, la piedad, la caridad, el don de sí mismo?, ¿cómo no ver la insignificancia de las diferencias externas y subjetivas que día a día nos separan y nos condenan al desamor, a la apatía? ¿y cómo no concebir entonces un modo de relación en ausencia de odio, de indiferencia, de envidia, de violencia, de desamor?

La cuestión fundamental es que podemos elegir ver el mundo como un desierto o verlo como el río, dándole oportunidad al vergel. Es más, podemos elegir vivir como un desierto o como un vergel. ¿No estamos ya cansados de tanto vagar por las desoladas arenas del egoísmo y la superficialidad? Quizá sea hora de que nos atrevamos a permitirle aflorar a nuestro río. A comenzar a poblar nuestros desiertos. Y a donarnos a los demás como el Nilo.

 
Auspician




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