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¿Y si tan sólo bastara con aprender a mirar…?

Por Gustavo Appignanesi

¿A partir de qué visión nos apresuramos a juzgar a las personas? ¿Qué es lo que respetamos tanto en ellos como en el mundo: lo insignificante, lo azaroso, lo mudable? ¿Qué es lo que define nuestro modo de relación?

Lo cotidiano nos abruma con vidas complicadas y problemáticas inscriptas en un mundo complejo y doloroso: ¡tanto odio, violencia, intolerancia, indiferencia, aislamiento, inequidad! Parece haber tanto por modificar, tanto esfuerzo por realizar, tantas limitaciones por vencer, que el cambio evolutivo, imperioso no sólo en lo colectivo sino también en lo individual, se advierte hoy como extremadamente dificultoso e improbable. Ahora bien, ¿y si ello no fuera necesariamente así? ¿Si, en cambio, bastara tan sólo con ser conscientes de una sola cosa de la cual se desprendiera naturalmente todo lo demás? Parece que bien vale la pena contemplar esta posibilidad.

Casi todas las principales religiones y cosmovisiones de la humanidad (antiguas, modernas, orientales, occidentales, aborígenes, etc.) parten de la noción de una (no siempre explícitamente apreciada) suprema cualidad del mundo: su inconmensurabilidad (*). Es decir, advierten que el mundo es ingentemente rico, profundamente bello, extraordinariamente conmovedor y convocante. Que cada uno de sus rincones es sublime, excelso, sagrado, trascendente, infinitamente más profundo que cualquier objetivación o construcción racional, intrínsecamente inasible desde lo conceptual. A modo de ejemplo, el cristianismo (quizá haciendo cumbre en la bella condición de “Hermano” vivenciada por San Francisco de Asís) considera que cada porción del universo (cada hombre, cada árbol, cada pájaro, cada ser) es una manifestación de Dios, quien vive así en cada una de sus criaturas, tornándolas sagradas.

Dicho escenario invita entonces a proponer un ejercicio: Imaginemos por un instante cómo enfrentarnos a un mundo (percibido como) de tal calidad. ¿Tendrían algún sentido la soberbia, el prejuicio y la apatía?, ¿cómo no abordarlo con toda nuestra humildad, con toda nuestra libertad y con toda nuestra sensibilidad (en un fervoroso, dinámico y fecundo estado de aprendizaje) de modo de permitirle expresarse profundamente y enriquecernos? En fin, ¿sería posible acaso ante un mundo advertido como inconmensurable no adoptar la condición de amante? ¿Cómo no vivir en un compromiso pleno con él, sintiéndonos parte del mismo a al vez de sentirlo en carne propia, vivenciando el fundamento común que nos hermana con todo cuanto existe? De ello emerge entonces una cuestión fundamental: la sola consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, intrínseca y completamente revolucionaria al transformar nuestro modo de ver y de relacionarnos, promovería en nosotros el cambio y la evolución. Y lo haría naturalmente, sin esfuerzo, irremediablemente, pues al convertirnos en amantes, todo lo demás vendría por añadidura.

Imaginemos, por ejemplo, el modo en que vemos a una persona (imaginemos a una persona cualquiera, o a varias). Muy probablemente nos apresuremos a juzgar: “es linda” o “es fea”, “es buena” o “es mala”, “me interesa” o “la ignoro (como a casi todos los que pasan a mi lado cada día)”, “la admiro” o “la desprecio”, “la quiero” o ”la odio”, etc. Pues sólo solemos apreciar en ella al cotidiano sujeto que construyeron sus circunstancias (sin siquiera permitirnos considerar qué otras circunstancias bien podrían haber obrado un sujeto enteramente diferente). Un sujeto que resulta completamente insignificante ante la increíble belleza y potencialidad que en su esencia vislumbraron tantas cosmovisiones y religiones. Y, si en la práctica, el modo en que nos relacionamos con quienes nos rodean o nuestra actitud para con ellos dependen de cuánto nos agraden o no, o de cuán “buenos” o “atractivos” nos parezcan, es interesante detenernos en un par de cuestiones: ¿dónde tomamos esas “medidas” que tan a la ligera usamos para juzgar y comparar a dichas personas? (¿en la cáscara de subjetividad que los representa?) y ¿tenemos noción de la distancia que existe entre la construcción subjetiva de cada persona y lo que ésta tiene de sagrado (como fundamento y como potencia)? En otras palabras, ¿qué respetamos en ellos: lo insignificante, lo azaroso, lo mudable, o lo sagrado que vive en su interior?, ¿cómo no amarlos por inconmensurables (aún cuando usualmente no los percibamos así ni ellos mismos se sepan o exhiban de tal modo)? Quizás, no esté de más fatigar la metáfora: la famosa ceguera del amor no es la que vulgarmente se le endilga, sino que consiste en realidad en despreocuparse de lo superfluo, de lo externo, para prestar una completa atención a lo esencial, para amar a lo sustantivo, a lo inefable.

Es importante destacar que esos profundos instantes en que seríamos (intensamente) conscientes de la inconmensurabilidad del mundo también empaparían a muchos de nuestros actos cotidianos. Y en los momentos en que no estuviéramos verdaderamente atentos (quizá la mayoría), el recuerdo de aquellos nos haría de todos modos concebir al mundo como inconmensurable, al menos a nivel racional. Y lo fundamental es que tanto en unos momentos como en los otros nuestra postura frente al mundo no podría ser otra: ¿tendrían algún sentido el odio, la intolerancia y la indiferencia ante un mundo reconocido como inconmensurable? Avanzar en la profundización y la vivencia plena de dicha consciencia (trascendiendo la mera metáfora) constituiría, por tanto, nuestra primordial tarea de vida, una empresa sobre cuyas consecuencias no creo necesario abundar, sólo propongo imaginarlo. Por eso, lejos de ser simplistas, es fundamental preguntarnos nuevamente: ¿Y si el tan imprescindible cambio evolutivo no fuese tan complejo e improbable como solemos creer? ¿Si tan sólo bastara con ser (intensamente) conscientes de un solo hecho, de una sola cuestión de la cual naturalmente se desprendiera todo lo demás? En fin, ¿Si tan sólo bastara con animarnos, de una vez por todas, a mirar en profundidad?

 (*)Para los griegos, la noción matemática de la inconmensurabilidad (cuyo descubrimiento perturbó a los Pitagóricos) implicaba no poder expresar una magnitud en términos de otra (como por ej. la razón de la diagonal de un cuadrado con respecto a un lado: cabe aclarar que no conocían los números irracionales sino sólo los enteros). Similarmente, en epistemología, inconmensurable significa la imposibilidad de comparar dos paradigmas (conjunto de prácticas que definen una disciplina científica durante un período específico de tiempo, o teorías generales o visiones del mundo), es decir, la imposibilidad de expresar uno en términos del otro o la imposibilidad de traducir (como la imposibilidad de expresar la mecánica cuántica en términos de la física clásica). Aquí, la noción es, sin embargo, la más amplia posible (contiene en cierto modo a las anteriores pero las excede). Es decir, implica la inherente imposibilidad de medida. Para nosotros, algo inconmensurable será algo no medible, ilimitado, inagotable, insondable, incontable, indescriptible, inenarrable, indecible, inmenso, extenso, completamente vasto, magnífico, sublime. La inconmensurabilidad es una propiedad (una cualidad) inherente a cada cosa que la hace inasible desde lo conceptual, inabarcable. Algo inconmensurable es, por tanto, algo ingentemente rico, completamente profundo, infinitamente más espléndido que cualquier construcción racional. Alude al fundamento común que nos hermana con todo cuanto existe, a lo sagrado que subyace en la esencia última, a lo que cada cosa tiene de divino, de eterno, de sagrado, de inefable. En fin, aludimos aquí a la noción más coloquial del término (o, si se quiere, más poética). Para ser simple y gráfico, “inconmensurable” es uno de los adjetivos que mejor le cabe al cielo nocturno, a esa subyugante visión del universo que nos invade cuando alzamos los ojos en la noche, a esa ilimitada y recóndita vastedad.

 


 
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