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Se sabe que nuestra región es habitada y visitada por varias especies de medusas. Pero, ¿cuántas y cuáles son las medusas que podemos encontrar en nuestras costas? Un estudio reciente que abarcó el estuario de Bahía Blanca, la plataforma adyacente El Rincón y las playas turísticas hacia el este, nos revela que hasta ahora son 26 las especies de medusas que podemos encontrar en el área. De los tres grandes grupos de medusas que se conocen en el mundo, dos se presentan en nuestra zona: las hidromedusas y las escifomedusas. Las primeras son las más representadas en nuestra área, con 23 especies. Son medusas pequeñas (generalmente de no más de 10 cm de diámetro, aunque hay excepciones), muy transparentes y con estructuras morfológicas simples. Las escifomedusas, en cambio, son usualmente más grandes (de hasta 2 m de diámetro), con estructuras más complejas y brazos orales que componen la boca del animal y que son generalmente muy visibles. Solo tres especies de escifomedusas se han registrado en el área. Ahora bien, ¿cuántas y cuáles de todas estas especies presentan un potencial riesgo sanitario para el ser humano? Únicamente tres: dos hidromedusas (Olindias sambaquiensis, agua viva o medusa de la cruz) y Liriope tetraphylla, pica-pica o tapioca) y una escifomedusa (Chrysaora lactea) (ver Figura 1).

Recordemos que el ardor y/o dolor que se siente al ser tocado por una medusa es provocado por la inyección de toxinas que se alojan en células especializadas en sus tentáculos, compuestas por una estructura tipo dardo que se dispara al hacer contacto con una superficie. La función de estas células especializadas es de alimentación y no defensiva. Las medusas utilizan sus tentáculos para atrapar su alimento y necesitan de una toxina potente para inmovilizar casi inmediatamente a sus presas y así poder consumirlas sin riesgo de lesiones. Por lo que las medusas no pican, en el sentido corriente de la palabra; el roce con el animal hace que el accidente suceda. La probabilidad de que ocurra un accidente está vinculada a la cantidad de medusas en el agua y a la presencia de bañistas, claro está. Pero ¿cómo predecir si va a haber o no medusas?, y ¿por qué la abundancia de estas especies fluctúa de una temporada a la siguiente? Las respuestas, por el momento, son discutibles y amplias, aunque podemos arrimarnos a una explicación probable. Para esto, primero es necesario remarcar que los ciclos de vida de las medusas son complejos y que cada una de las fases que lo componen, interactúan con el ambiente de manera diferente. El ciclo de vida de una medusa comprende una fase de pólipo, que es una estructura que se asienta en distintos tipos de sustrato y se encarga de producir y liberar medusas, y una fase de medusa, machos y hembras de vida libre, productores de gametos que formarán nuevos pólipos (ver Figura 2). Los factores ambientales como la temperatura del agua, la circulación de las corrientes oceánicas, la disponibilidad del alimento y los factores meteorológicos como los vientos, son los que regulan el asentamiento efectivo de los pólipos, el inicio de la producción de medusas, la cantidad de medusas liberadas y la llegada de las medusas a las playas.

Asimismo, se sabe que además de la regulación inmediata del ambiente, que hace que año tras año las medusas se reproduzcan creando explosiones demográficas naturales de intensidad variabletambién existe una regulación a una escala de tiempo mucho mayor. Cada aproximadamente 20 años, las poblaciones de medusas experimentan oscilaciones en sus abundancias produciendo máximos poblacionales a nivel global. El caso más enigmático en nuestra zona es el de Olindias sambaquiensis, que fue por años la protagonista con mala reputación para los veraneantes, y en los últimos cuatro, la gran ausente. Y hay que decirlo: nadie la extraña. Hay evidencias de que la temperatura del agua podría ser uno de los principales factores reguladores de la reproducción de la especie y que su efecto sería diferente sobre el pólipo y la medusa. En un estudio realizado en Japón en el que se estudió experimentalmente una especie emparentada con O. sambaquiensis (Patryet et al., 2014), se observó que el pólipo se reproduce asexualmente (brotación, por ejemplo) de manera estable bajo el efecto de temperaturas bajas (15 °C o menos), mientras que la producción de medusas se dispara al superar los 15 °C y la medusa crece en forma óptima bajo temperaturas de 20 °C. Podríamos pensar que si los pólipos necesitan temperaturas bajas para prosperar, un invierno de intensidad suficiente impulsaría una mayor cantidad de pólipos y, en consecuencia, una mayor producción potencial de medusas durante el verano subsiguiente. Suena probable, aunque esta hipótesis necesita ser probada en nuestra región y ese es uno de nuestros objetivos futuros. Para lograrlo, son necesarios estudios bajo condiciones controladas, lo que hasta ahora fue difícil de realizar ya que no se ha conseguido que la especie prospere en cautiverio. En este sentido, estamos iniciando su estudio en laboratorio y esperamos que a mediano plazo podamos lograr mantenerla en cautiverio y de esta manera, responder preguntas concretas sobre la regulación de su ciclo de vida.

Lo cierto es que durante los últimos tres veranos, la medusa no fue vista en nuestras playas y sumado a esto, los vientos relacionados con su presencia parecieron ser de menor intensidad y persistencia que en años anteriores, datos que están siendo analizados. Aunque lógicamente, para que aparezcan medusas en la playa, tienen que estar primero en el agua, independientemente del viento. Lo indudable es que Olindias está en nuestro ecosistema más allá de que la veamos o no: la medusa puede estar ausente pero eso no implica que no esté el pólipo, que por cierto es muy poco probable que veamos ya que mide solo unos pocos milímetros y nunca fue hallado en la naturaleza. Queda claro entonces que la aparición y desaparición de Olindias es un fenómeno complejo y su explicación más probable está centrada en la regulación ambiental de la especie. Bastaría con que se dieran las condiciones ambientales adecuadas para que Olindias prosperase. Debemos recordar que Olindias es una especie propia de nuestro ecosistema costero. Es un animal que cumple un rol ecológico determinado dentro del ecosistema, manteniendo el equilibrio entre las especies y aportando nutrientes a la columna de agua cada vez que cumple su ciclo vital. Estudiarla profundamente es la mejor forma de alcanzar conocimientos que nos permitan predecir su presencia y tomar medidas lo más correctas posibles para su manejo. No nos alarmemos si la volvemos a ver. De hecho, durante fines de noviembre y principios de diciembre de este año, en el marco de nuestra investigación, hemos registrado en algunos puntos de nuestra área varios juveniles de la medusa que ningún turista extraña.

Figura 1. Las tres especies de medusas presentes en nuestra región que pueden provocar lesiones. A) Olindias sambaquiensis (agua viva o medusa de la cruz), B) Liriope tetraphylla (pica-pica o tapioca), y C) Chrysaora lactea. Escala: 1 cm. Fotografías de Álvaro Migotto, cifonauta.cebimar.usp.br.

 

Figura 2. Esquema simplificado y generalizado del ciclo de vida de las medusas.

 

Dra. Sofía Dutto, investigadora asistente del CONICET en el Instituto Argentino de Oceanografía (IADO-CONICET-UNS).