Imprimir

Ante las fiestas de fin de año, el director del CONICET-Bahía Blanca nos hace llegar un texto alusivo, instando a que, al levantar nuestras copas, hagamos lugar en nuestros deseos al fortalecimiento de la tolerancia, la solidaridad y el reconocimiento humano del otro.

Por Gustavo Appignanesi

 
Si la mirada no es hija de la humildad, libre de la soberbia de crear al “otro” (y al  mundo todo) a nuestra imagen y semejanza, de modelarlo con el barro único de nuestros prejuicios, esa mirada no puede ser capaz de “ver”. Si la mirada no es hija de la humildad, si no es apta para  permitirle al “otro” expresar su verdadera índole, no alcanza, entonces, a ser más que ceguera.

Una abrumadora ceguera se ha apoderado del mundo. Pues el escenario de profunda iniquidad (exacerbada hasta lo obsceno por la prevalencia del individualismo a ultranza y de conductas anti-solidarias), solo puede ser entendido como resultado del imperio de una mirada reduccionista del mundo basada en la falta de reconocimiento del “otro”, es más, de su casi completa invisibilización a nivel humano. Se trata de una ceguera tal que al “otro” se lo vacía de contenido al deshumanizarlo y objetivarlo, amputándole su naturaleza humana y rebajándolo a objeto. Así, condenados a vivir dentro de una dura “burbuja” de ignorancia, nos ejercitamos de continuo y casi inconscientemente en la indiferencia, el prejuicio, la intolerancia y la discriminación. Precisamente, y ante la ola de refugiados y migrantes que genera este mundo profundamente desigual, el Santo Padre nos acaba de alertar, desde el propio ombligo geopolítico del mundo, de que “no nos deben sorprender las cifras sino más bien las personas, sus rostros, escuchar sus historias y tratar de responder de manera humana, justa y fraterna a su situación”. Dicha postura, por supuesto, excede al ámbito específico para el que fue enunciada, siendo válida para el contexto general de la mirada que tenemos del “otro”, para el modo en que percibimos a cada uno de nuestros semejantes. Pues es fundamental que dejemos de ver en los “otros” una mera reducción, una caricatura o un número, para volvernos atentos a su verdadero rostro, a su humanidad, a su ser. Debemos re-educar la mirada en la re-significación humana del “otro”, en la tolerancia y la solidaridad, pues si la mirada no se ejercita, se atrofia en ceguera.

Ortega y Gasset decía que el “hombre” es “el hombre y su circunstancia”. En tal sentido, cada hombre puede identificarse con  la construcción de sí que este ha realizado en base a sus circunstancias, a la cual podríamos denominar como su “ser circunstancial”, su “eventualidad”. Hoy hay una distribución terriblemente heterogénea, asimétrica, de circunstancias socioculturales, tal que muchos, muchísimos, se encuentran no sólo prácticamente condenados a la imposibilidad de desarrollarse favorablemente sino, incluso, sentenciados a la marginalidad y a la exclusión por las difíciles condiciones en que les ha tocado nacer. Pero las circunstancias no solo son dominantes sobre dicho grupo humano, sino que su imperio como fragua de hombres es prácticamente universal, pues las mismas modelan tanto al hombre común como, incluso, determinan o definen a sus cumbres en lo intelectual, artístico o sociocultural. De hecho,  José Ingenieros retomó a Ortega al considerar el “clima del genio” pues, según Ingenieros, el genio no es un producto exclusivo de sus facultades (el ingenio, la inteligencia, las cualidades y talentos innatos) sino que requiere necesariamente de un ambiente apropiado, de una circunstancia propicia sin la cual no se desarrollaría como tal.

Por otra parte, también es factible reconocer que en cada hombre mora una “esencia”, una “potencia”. Que su interior abriga una ingente belleza, riqueza y potencialidad. Que en el hombre existe otro nivel o estado al que podríamos denominar como su “ser esencial”. Sin embargo, a diferencia de la construcción circunstancial arriba mencionada, esta potencia no suele desarrollarse, en general, de manera significativa. Es más, la misma suele ser de hecho impedida por las circunstancias pues, sean estas más o menos favorables en cada caso particular, las mismas están signadas por ese reduccionismo universalmente imperante que nos priva de lo esencial y que confina a la existencia a poco más que a una mera supervivencia. Pues, como dicho, hoy solemos reducir el mundo a simples representaciones operativas que olvidan su substancia, ciegos de tal modo a la ingente belleza y riqueza que anida en cada porción del mismo y, por ende, en nuestra propia interioridad. Es, por lo tanto, imperioso exceder al reduccionismo para desarrollarnos más profundamente en lo humano. El extremo de este desarrollo lo representa el sabio, quien vive profundamente atento, tanto al mundo como a su propio ser. Y el sabio, logre o no alcanzar la cumbre de la genialidad en el sentido convencional, va mucho más allá que el genio (lo cual es evidente dado que el ingenio, el talento y la inteligencia no son más que una parte de la sabiduría). Pues a diferencia del genio, que es el resultado de la combinación favorable de sus capacidades innatas con su circunstancia, el sabio precisamente “trasciende a su circunstancia” de modo de ser capaz de exponer su índole, su potencia, su bella y profunda humanidad.

Cegados por la mirada reduccionista, no solemos ver (y, por ende, respetar) en el “otro” más que su “ser circunstancial”, ignorando casi por completo a su “ser esencial”, a su humanidad, a su belleza latente. Es que la sabiduría no suele constituir un valor frecuente, aun cuando resulte imperiosa para disipar la gris niebla del reduccionismo y para revertir sus graves implicaciones. Pues el sabio no solo es capaz de exceder la circunstancia que le ha tocado, sino que naturalmente reconoce en el “otro”, más allá de su construcción circunstancial, a esa ingente humanidad que este alberga en lo profundo de su ser, por más que incluso él mismo no alcance a reconocerla y quizás nunca le permita aflorar. El sabio respeta pues, en el “otro”, más que a la cáscara, a su esencia, a su ser. No lo vacía de su profundo y bello contenido, sino que lo asume en su plenitud, en su humanidad. No lo objetiva bajo el concepto de “el otro” sino que lo reconoce como prójimo. En definitiva, el sabio se caracteriza precisamente por su mirada. Por una mirada tal que más allá de mirar, le permite “ver”. Por una mirada que lo habilita a abrirse al mundo a partir de la humildad, de la libertad y de la sensibilidad. Por una mirada que lo insta a comprometerse y entregarse plenamente. En fin, por una mirada que lo sume por entero en la condición de amante.

Cuando el “otro” se transforma en prójimo (completamente próximo, plenamente cercano),
también la solidaridad readquiere su sentido etimológico de “unirse sólidamente”, de “hacerse uno” con el “otro”.
Y el amor, su culminación, se evidencia entonces como un re-conocimiento.
Así, al reconocernos en el “otro” (al sentirnos parte del “otro”) y, equivalentemente, al sentir al “otro” como propio,
 el mismo concepto de “otro” se desvanece. En fin, cuando el “otro” se transforma en prójimo,
nuestra mirada, atenta ahora sí al sublime fundamento que nos hermana con todo cuanto existe, se vuelve comunión.