| Globalización: realidad, mito y desafío |
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"La verdadera globalización sólo se instalará entre nosotros cuando no haya lugar para la indiferencia y la apatía. Cuando vivamos genuinamente comunicados y en contacto. Cuando seamos capaces de trascender nuestra egoísta existencia y nos sintamos parte. Es más, cuando efectivamente logremos ser parte (fundiéndose los fragmentos con naturalidad). En fin, cuando, en la humildad, la libertad y la sensibilidad, nos convirtamos en amantes. Pues el amante, quien no conoce de apatía ni de indiferencia, logra la culminación de la solidaridad, trascendiendo los límites artificiales de la subjetividad, relativizando naturalmente las distancias. Y sólo el amante, al advertir la existencia de una esencia común con el amado, es capaz de vivenciar una genuina globalización." La ciencia y quien se ha convertido en su hija dilecta, la tecnología, nos dan continuas muestras de su éxito en el plano operativo ofreciéndonos una multiplicidad de potenciales soluciones a problemas básicos. Su impresionante avance ha transformado al mundo y nos ha brindado herramientas poderosísimas. Y como consecuencia de esto, el poder ha comenzado a mudar hacia formas menos tangibles. En tal sentido, las comunicaciones y el acceso a la información resultan hoy primordiales en un mundo que, a primera vista, pareciera haberse comprimido y tornado más interdependiente. Adicionalmente, estas transformaciones que está sufriendo la humanidad (las cuales están ocurriendo a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera dan tiempo para que sean asimiladas) han promovido cambios al nivel del paradigma y han impuesto nuevos y originales elementos de culto que trascienden el contexto operativo hacia el filosófico. En tal sentido, la "globalización" es la vedette del momento. Conceptualmente, la globalización ha llamado nuestra atención en algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, nos ha brindado la conciencia de que el más mínimo acontecimiento acaecido en cualquier lugar determinado del planeta puede afectar a lo que ocurre en sus antípodas, poniendo así en evidencia el hecho de que vivimos en un mundo (en un universo) interrelacionado. Por otro lado, ha relativizado, aunque no más allá del punto de vista operativo, el concepto de distancia: Hoy casi todos somos vecinos en un mundo globalizado. Entendida en este sentido, la globalización constituye un hecho incontrastable. Y, como dicho, una herramienta con enorme potencial. Empero, existen ciertos utópicos de la globalización (paradójicamente justo hoy que se proclama con orgullo y a viva voz el fin de las utopías) que van mucho más allá y pretenden entender por ella, en sí misma y por sí sola, a una interrelación que pone en contacto y vincula al planeta para convertirlo en un mundo más justo (equiparando oportunidades al universalizar las herramientas, al democratizarlas, al ponerlas al alcance de -casi- todos) o, por lo menos, más digno. Que ayuda, al menos operativamente, al desarrollo de la solidaridad al acercarnos unos a otros y vincularnos como nunca ha ocurrido en nuestra historia. Sin embargo, hoy por hoy lo más probable parece ser que la globalización (puesta al servicio del mantenimiento del poder), profundice las ya tremendas desigualdades que caracterizan a nuestro mundo. Es que es obvio que las herramientas, por más poderosas que sean, no son buenas o malas en sí mismas y que potencialmente muchas veces pueden ser tan útiles a finalidades éticamente correctas como a objetivos malsanos. En tal sentido, no es en sí digno de gran mérito ni elogio el hecho de haber desarrollado y de poder contar con herramientas sofisticadas de enorme potencial. Lo realmente relevante es utilizarlas en pos del bien común, de la humanidad. No es tampoco cierto que la globalización nos confiera un cierto poder de policía a modo de reaseguro o garantía, algo así como que “nada ni nadie escapa al ojo de la humanidad en un mundo globalizado”. Que constituya un elemento destinado a dotar de transparencia a las relaciones entre los hombres. Es obvio que la información, a diferencia del conocimiento, es no sólo parcial sino manipulable. Y aunque no fuese así (siempre en el caso de que tal poder de control fuera realmente deseable), el "ojo de la humanidad" no parece ser más que de vidrio. Pues no importan el largavistas o la lupa cuando no sabemos mirar, cuando se nos enseña y direcciona a mirar de una manera determinada. Lo verdaderamente importante es aprender a mirar, a ver. Pues no hay peor ciego que aquél que vive deslumbrado por vanos resplandores, así como no hay peor ignorante que el que cree que sabe, ni esclavo más servil que el que se cree libre*. Lamentablemente, la globalización, tal como se la entiende hoy, se manifiesta en realidad como una tendencia a uniformar, a masificar groseramente (a universalizar las miserias y no las virtudes de los hombres), y su secuela no puede ser otra que la instauración universal del reduccionismo** y la profundización de su imperio. Ello es debido a que ya a nivel operativo esta concepción de la globalización resulta ser un espejismo, una falacia. No es cierto que el actual bombardeo de información nos provea de una consciencia global, ni que nos acerque a las realidades de los demás y nos vincule efectivamente con ellos. Pues, bajo una vestimenta aparentemente democrática, la hiperabundante información relevante a algunos encubre casi por completo a la exigua información sobre las realidades de otros (de la mayoría). Y de tal manera, el clamor (y el grito desgarrador) de lo básico y de lo marginal, se ve ahogado en el mar de la inmediatez, de la cotidianeidad, de la banalidad, de igual modo en que lo profundo y trascendente se ve casi por completo diluido en lo superficial. Pues, cuando de continuo se nos acostumbra a transitar exclusivamente por lo coyuntural, distrayendo nuestra atención de lo profundo y relevante, impidiendo que nos detengamos en lo trascendente, perdemos de vista la dimensión más rica de nuestra existencia. Y este tremendo ejercicio reduccionista, repetido hasta el hartazgo al punto de terminar por hacerse carne en nosotros, no sólo nos empobrece espiritualmente y nos priva de posibilidades de evolucionar, sino que también tergiversa nuestra percepción de la realidad cotidiana y sólo nos permite vincularnos con los demás de un modo sumamente parcial y selectivo. Así es como, por ejemplo, para el común de los hombres resultan infinitamente más cercanos y cotidianos los detalles del veraneo del jet-set local o internacional que el conocimiento del sentir de un hambriento africano, de un monje tibetano, de un educador europeo, de un filósofo norteamericano, de un poeta sudamericano o del vecino de al lado. ¡Es que parece haber tanto invisible hoy en día!*** Ya hemos asistido al derrumbe inexorable, patético y desgarrador de muchas utopías. Éstas, por más distintas y contrapuestas que fuesen, han desnudado su talón de Aquiles a modo de común denominador, en el hecho de sucumbir al reduccionismo (o casi siempre nacer de él), el cual las ha tornado dogmáticas y sistemáticas. En particular, los utópicos de la globalización de hoy (si sinceros, si ingenuos) le recuerdan a uno a los escritores utópicos de los albores de la revolución industrial que creían que la ciencia y la técnica resolverían por sí solas los problemas del hombre. Lamentablemente como aquéllos, estos utópicos de hoy serán igualmente burlados, igualmente defraudados. Ya es triste comprobar que la famosa "Aldea Global" no constituye hoy más que un impresionante número de "Cavernas Tecnológicas conectadas en red", en medio de vastas islas de marginalidad. Pues hemos proclamado la aldea global en un mundo de huérfanos, de desarraigados, de seres fragmentarios que no se sienten parte de nada, que no viven en un contacto profundo sino en un aislamiento egoísta. Y la proximidad y la vecindad sólo nos amontonan. No alcanzan para hermanarnos. Por otra parte, ello era completamente esperable puesto que la utopía de la globalización que -como hemos visto- ya no es cierta a nivel operativo, mucho menos lo es a nivel profundo pues los hombres de hoy no poseemos un enfoque global, no tenemos una actitud globalizadora, una visión profunda, de largo alcance. Lo que hoy entendemos por globalización no es más que otro producto del reduccionismo que degrada a los valores suplantándolos por burdos impostores. Pues nuestra "cultura del videoclip" privilegia el acceso a la información, a la que eleva al rango de valor, reemplazando al conocimiento. Privilegia a la velocidad, cuando el conocimiento requiere de tiempo, de reflexión. Y la información no sirve de mucho sin valores genuinos, sin fines. Es sólo un instrumento. El conocimiento, en cambio, es mucho más que manejar representaciones de las cosas. Consiste en entrar en contacto en profundidad, en sentir, en ser parte. El conocimiento es íntimo, profundo. Implica una verdadera comunicación que no se agota en la pobre idea operativa de comunicación que manejamos hoy. La globalidad no consiste sólo en rozar la periferia sino en penetrar a lo profundo. No es cuestión de distancias, sino que consiste en la verdadera relativización de la distancia, no sólo desde el punto de vista físico u operativo. No sirve de mucho que tengamos información sobre lo que ocurre en nuestras antípodas cuando no somos capaces de llegar sino a la cáscara de lo que tenemos al lado pues sólo logramos estar en contacto con reducciones. No sirve de mucho tener la capacidad de contactar en un instante a alguien situado del otro lado del globo cuando no logramos entrar en contacto profundo con nuestro vecino. Cuando no somos capaces de vincularnos con nuestra esencia, con nuestra propia interioridad. Cuando nosotros mismos somos nuestros principales desconocidos. La verdadera globalización se instalará entre nosotros cuando no haya lugar para la indiferencia y la apatía. Cuando seamos capaces de trascender nuestra egoísta existencia y nos sintamos parte (cuando seamos parte, cuando los fragmentos se fundan con naturalidad). Cuando vivamos genuinamente comunicados, en contacto. En fin, cuando, en la humildad, la libertad y la sensibilidad, nos convirtamos en amantes. Pues el amante, quien no conoce de apatía ni de indiferencia, vive una genuina globalización, logra la culminación de la solidaridad, trascendiendo los límites artificiales de la subjetividad, relativizando efectivamente las distancias, descubriendo la existencia de una esencia común con el amado. Para ello se requiere de una educación que se desembarace del reduccionismo, del dogmatismo. De una educación en libertad que nos permita desarrollar un enfoque global, profundo, totalizador. Que nos permita descubrir lo absurdo de las barreras, de las distancias. Que nos permita trascender. El mito de la globalización que proclaman los "utópicos" de turno sólo puede lograr amontonarnos. Pero no unirnos. Está en nosotros soñar una bella utopía que represente una verdadera alternativa. Y coherente con ello, instalar el desafío de la edificación de una genuina y profunda globalización. * No es mi intención versar sobre cuestiones sociopolíticas o económicas, sino que más bien aspiro, dentro de mis muy humildes posibilidades, a asomarme a la concepción (para mí más importante y abarcadora) de la globalización como idea (filosófica) y, muy fundamentalmente, a intentar bucear un poco en su significación más profunda. ** Por reduccionismo entendemos aquí a la actitud ante el mundo (transplantada desde el plano operativo al filosófico) que opera reemplazando a las cosas por reducciones, traducciones o representaciones, olvidando su belleza y su riqueza. Es obvio que necesitamos reducir para manejarnos operativamente con eficiencia en nuestra vida cotidiana. Pero su (innecesaria) extrapolación a todos nuestros actos nos condena a la apatía, al desinterés por el mundo, a una ceguera que nos acota en lo evolutivo, que nos priva de aprovechar las innumerables oportunidades de crecimiento evolutivo que el mundo nos ofrece a diario. Por otra parte, existe una actitud genuinamente alternativa. La misma se origina espontáneamente en la revolucionaria experiencia del reconocimiento de la inconmensurabilidad que habita en todo, de la inmensa riqueza del mundo, y nos compromete a vivir en un contacto pleno, profundo e incondicional con él. Pues ante lo inconmensurable, la humildad, la libertad y la sensibilidad se tornan imprescindibles, irremediables. Dicha postura nos invita a desarrollar el fundamental arte de mirar y a permitir que aflore en nosotros nuestra inconmensurable esencia, nuestra naturaleza. Ella nos sugiere que nos sintamos parte del mundo, que lo sintamos hervir en la sangre. Que nos relacionemos con él en la trascendencia, viviendo comunicados, en comunión y no en un aislamiento egoísta. Que nos sintamos parte de las flores, de los pájaros, de cada una de las personas que a diario ignoramos en las calles. En fin, nos reclama que nos permitamos reconocernos como hermanos. Que transitemos por la vida con verdadero sentido de compromiso. En la condición de amantes. *** Es increíble el punto a que se ha llegado en este aspecto, induciendo el triunfo de un perverso sistema establecido sobre la base de un comportamiento sociológico notable. Hoy los medios masivos de comunicación (TV, internet, etc.) a partir de su enorme poder de seducción, resultan imbatibles al nivel reduccionista, gozando de un poder casi incontrastable. Y han reemplazado a la realidad por otra virtual en la cual los problemas superficiales de una minoría desahogada cubre casi por completo a los graves problemas realmente importantes que sufre la mayoría de la población. Y estos marginados del festín mediático reduccionista son, a su vez, los principales sostenedores de aquellos que ocupan los medios (consumiendo como ávidos espectadores las frivolidades que los medios les ofrecen, viviendo vidas ajenas y virtuales). Ellos mismos, los desplazados, sustentan como espectadores, como consumidores, a este sistema. Ellos mismos promueven el hecho de que se ignore sus realidades básicas, de que sus graves problemas se vean privados de ocupar el centro de la escena, el centro de atención de la sociedad. |
Editorial 

Dr. Gustavo Appignanesi

